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PSICOLOGÍA DE LA DICHA

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Para la edición de Año nuevo abrió alguno de los muchachos que trabajan en el periódico una encuesta sobre la felicidad. ¿Cómo le fue a usted en el año?, era la pregunta excesivamente superflua hecha por el encuestador. Claro que al interrogado le había ido bien, lamentablemente bien, y no tenía ningún interés en aparecer menos dichoso que los demás.

 

Cuando yo me convencí de que realmente un individuo que no vivía en mi casa deseaba saber la cantidad de felicidad o de desventura acendrada en mi corazón durante el año, consideré que se trataba algo así como una violación de domicilio y me fui por las calles estridentes en busca de un amigo íntimo, filósofo humorista, con quien, muchas veces había conversado acerca de la felicidad en abstracto, no de la felicidad mía, o de la de él, o de la del tabernero. A mi amigo también le asombró lo maravilloso, lo inaudito y extraordinario de mi situación: alguien tenía la intención de informar al público —oigan ustedes, al público— no propiamente sobre mi vida durante los doce meses anteriores, sino sobre el estado sentimental que el paso sucesivo de 365 días había creado en mi escondida y huraña alma de hombre.

 

Con los codos sobre la mesa del café, mirándonos el uno al otro como unos perfectos místicos, creo que ambos tratábamos de encontrar una explicación a la pregunta y de hallar una respuesta que ni directa ni indirectamente encarnara una contestación. Respóndele, exclamó mi amigo, que eso no le importa a él.

 

La felicidad, continuó, está en una glándula divina que desplaza una energía interior, invisible, incoercible e imponderable, como el radio. Nos podemos servir de ella para no pegarnos un tiro en el cráneo, pero no la podemos explicar en fórmulas concretas y presentársela al público para que la admire o la apetezca; y en caso de que nos fuera posible hacerlo, nadie tiene el derecho para exigirnos esa repugnante exhibición. ¿Cómo podría presentarse usted a una persona digna y decirle tranquilamente: hágame el favor de informarme, caballero, señora o señorita, cómo le ha funcionado el hígado durante el año, sírvase usted mostrármelo, que deseo noticiar al público acerca de esto? Yo tengo bien mi felicidad, durante el año no ha sufrido ninguna congestión, ni se ha atrofiado por causa de inactividad. Usted conserva, en buen estado su dentadura, no le han sacado ninguna muela en estos doce meses pasados. Pero ¿qué le interesa eso a la opinión pública, y sobre todo, hay alguna ley que le dé a alguien el derecho de preguntarme a mí cómo ha venido funcionando mi felicidad, o a usted cómo han estado sus dientes?

 

¡Ah!, pero si usted, amigo mío, va a contestar que eso no le importa a nadie y mucho menos a la colectividad social, las gentes creerán y dirán que usted no ha sido feliz. En cierto modo se da así una respuesta y la felicidad de uno, por mejor que haya estado durante el año, no será aceptada por el público. Usted quedará como un enfermo de la felicidad, es decir, como un desgraciado. Entonces los hombres le harán víctima de su compasión ¿y no sabemos acaso lo que la compasión del prójimo significa para nuestra felicidad, que es angelicalmente orgullosa? No, amigo, no conteste usted nada. La felicidad no se puede publicar justamente porque todos la publican y nadie sabe quiénes están o quiénes no están enfermos de desgracia. Cuídese de ese señor que ande preguntando por la felicidad de los hombres. No deje descubrir la suya, guárdela como una bella cosa robada, téngala en su casa dulce, en su alma recóndita e invulnerable. Ese señor puede ser un detective. Cómase usted su felicidad, como hacen los ladrones de esmeraldas. Usted la abrigará y la purificará con su sangre. El día que no la vea nadie, usted será más feliz. (El Espectador, 5 de enero de 1925).

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