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EL PADRE Y LOS HIJOS

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...continuación 

 

Yo no comprendo a los padres que se desentienden de los hijos. ¿Es qué se puede descontinuar, a voluntad, la honda corriente de la sangre que va enlazando generaciones? Encuentro un tanto sublimes, pero falsos, los versos del señor Caro en que, refiriéndose al amor por la patria, el poeta dice que a ésta el hombre debe sacrificar "los hijos, la mujer, la madre, y cuanto Dios en su bondad nos dé". No distingo entre la nación donde nací y la vida de mis muchachos que hacen parte de ella, como lo hicieron también las de mis abuelos y son las de los chiquillos que llenan de encanto, de candor y de alegría los hogares de mis hijos. Supongo que habrá un día en que los nacionalismos desaparezcan del mundo y todo se fundirá en una sola raza y la gente, tal vez, hablará un solo idioma. Pero en esa época remota, que apenas vislumbra la imaginación en el porvenir, el hombre sentirá menos suyos los niños que engendró, a quienes tomó en sus brazos, a quienes les dio el primer juguete, a quienes les oyó decir la primera palabra? A mí me parece que no. Acaso se pueda ser un poco indiferente ante un hijo con quien no se ha vivido cuando sus días infantiles saltan del llanto a la sonrisa y del sueño a la travesura. Pero siempre se recordará cómo jugaban los chiquillos y se peleaban alegremente y rompían las tazas de las matas y se entretenían con el gato o les daban de comer a los pajarillos enjaulados. Hay expresiones de la niñez que son de una precisión y de una poesía encantadoras. Recuerdo que la hija mía me preguntó una mañana: - "Papá, ¿enciendo la ventana?”. Otra vez me preguntó: "¿Por qué al cielo le salen de noche ese mundo de pepitas?”.

 

A veces yo inventaba cuentos para contarle mientras el sueño iba llegando suavemente a sus ojos. No sabía yo los cuentos clásicos que cuentan las abuelas. Le di vida a un personaje que llegaba a Bogotá desde un campo boyacense. Era un indiecito a quien le ocurrían las cosas más imprevistas y estrambóticas. Se asustaba con los tranvías, le aterraban los innumerables ruidos de una urbe que trabaja. Miraba atónito los edificios de varios pisos, se quedaba lelo cuando corrían las bicicletas, se escondía al pie de un árbol como buscando la protección de un amparo vegetal. Yo empezaba a narrar aventuras y desventuras, y a poco yo mismo creía que todo eso existía realmente y la voz se iba haciendo más pausada para que el sueño de la niña llegara más blando, más apaciblemente.

 

Cuando apagaba la luz, mi hija dormía y yo entraba también, con una dulzura casi infantil, y con una pureza extraña, a ese seno oscuro, cuando todas las cosas se olvidan y el cuerpo en reposo parece inducir al alma a que descanse también.

 

En alguna ocasión hube de dictar en el Teatro Municipal de Bogotá una conferencia para remplazar a Jorge Eliécer Gaitán, quien había anunciado una suya para esa noche, después de haber hablado en Barranquilla, en Barrancabermeja, en La Dorada. Realmente la voz no se le oía casi por el teléfono. La habían apagado millones de palabras y de gritos. Yo me presenté en el escenario ante un público popular que parecía agobiar con su peso el edificio. En un palco cercano al escenario estaban el hijo mío por la sangre y el hijo político. Traté el tema de la raza y la voz emocionada de ella parecía salir de mis labios. Po; esa oración anduvieron mis abuelos, las sementeras de trigo, la perezosa fuerza de los bueyes que tiran del arado, el fogón de piedra en el rancho campesino, el llanto silencioso de las madres que van pasando las cuentas del rosario como las perlas de su propio dolor. La gente que me escuchaba se conmovió profundamente. Alcancé a ver que mi hijo estaba pálido y me miraba corno en una especie de éxtasis filial y patriótico, como si el padre y la patria se fundieran en una sola expresión humana. Terminé la conferencia diciendo trémulamente la palabra 'Colombia': 'Colombia', 'Colombia', 'Colombia', y recibí una descarga de aplausos que estremecían el Teatro. Mi muchacho saltó y me abrazó con un entusiasmo vibrante y sudoroso y me pareció vislumbrar en sus ojos unas lágrimas varoniles. Esa noche llegué tarde a mi casa. Mi hija me había oído por radio y no quería dormirse; sin besar mi frente. Esperaba su primer hijo y lo sentía latir mientras el futuro abuelo hablaba de la raza. El llanto, un llanto dulce y feliz, orgulloso y tierno, bañaba su fino rostro y recuerdo que también mis ojos se humedecieron cuando la niña, sin hablarme, me acariciaba y lloraba.

 

Yo soy un hombre pobre y estoy viejo. No tengo sino una casa pequeña, unos libros y una vieja riqueza de recuerdos. Sé que mis hijos me quieren y yo los amo como a nadie he amado en la vida. Quisiera pedirles que cuando yo muera - "y el día' esté lejano"· - me entierren al pie de un árbol, en un pedazo de tierra campesina, donde la soledad no me impida pensar en mis hijos y los hijos de mis hijos. Sobre la tierra que cubra el humilde cadáver pondrán una lápida que dirá: "Aquí yacen los despojos de un padre". La cruz la formarán dos grandes ramas de árbol y en ella anidarán los pajarillos. Así sea.

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