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EL PADRE Y LOS HIJOS

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En Colombia quien escribe comentarios editoriales en los periódicos es todo un escritor, cosa que no suele ocurrir en otros países donde entre periodista y escritor hay una diferencia que no es simplemente de matiz. Leyendo uno imparcialmente la prensa de las naciones latinoamericanas se siente un secreto, un tanto orgulloso, de haber llenado, como me ocurrió a mí durante muchos años, cuartillas y cuartillas, siempre con premura, bajo el asedio de los minutos que parecen acosar al escritor como si fueran gigantes despiadados, y saber que allí quedó, para ser olvidada, una prosa limpia, un pensamiento sutil, una imagen feliz, todo ello muerto a las pocas horas de nacer.

 

Hace poco conté como yo ingresé a ese mundo de papel, de tinta de imprimir, de máquinas potentes y arrullador as, por obra y gracia de don Luis Cano, quien dirigía "El Espectador" y en gran parte la política con su inteligencia perspicaz, su abrasado patriotismo y su estilo elegante y ondulante en que a veces brillaba la arista de una intención sarcástica que por poco se volvía epigrama.

 

Pero no es sobre este tema de un oficio que da nombre, proporciona enemigos y llega a ser una enfermedad incurable, sobre lo que yo iba a escribir ahora. Simplemente hago referencia a él porque yo tengo dos hijos y ambos consideran afectuosa y arbitrariamente que su padre es un buen escritor, de lo cual se sienten ufanos. Vinieron al mundo cuando yo era muy joven pero ya trajinaba en los diarios, casi siempre desmelenado sobre las cuartillas con la íntima y tal vez vanidosa seguridad de que mi pensamiento y mi sentimiento sobre los problemas públicos, sobre los hombres, sus hazañas o sus traiciones, había de ser entendido, aceptado y aplaudido por unos miles de lectores desconocidos. El hijo varón es un muchacho que trabaja con brío, que cultiva el deporte, que tiene un alma tranquila y gozosamente viril. La hija nació menudita y débil en una modesta casa de Chapinero y desde esa noche yo la llevo acunada en el corazón. Allí ha estado siempre, como si el cariño del padre fuera suficiente para .asegurarle una vida risueña. Se casó muy pronto y ha tenido unos niños encantadores, ha luchado por su hogar aliado de su joven marido, la asaltan preocupaciones por sus niños, ha reído, llorado, cantado y bailado, ama las flores, procura vestirse bien, estudió inglés y recitaba de seguido pasajes enteros en ese idioma, y cuando yo le decía que tradujera no sabía una sola palabra. En su pequeña boca de fino dibujo estallaba una risa y sus ojos un poco tristes se humedecían con unas lágrimas, como si quisiera pedirme perdón. Una vez la reprobaron en el examen final de Historia Sagrada, y cuando un viejo y medio paternal amigo de la casa le preguntó por qué había sido el fracaso, la niña le contestó entre atrevida y humillada: "Por los mugres de Profetas". No era realmente muy fácil acordarse de todos esos Malaquías, Zozías, Jeremías y otros 'hombres antiguos que anunciaron sucesos en una época supersticiosa de la humanidad, cuyos nombres yo tampoco pude aprender, por lo cual no los puedo decir.

 

La hija nunca ha dejado de ser para mí una niña de brazos. Cuando ha estado contenta la dicha ha iluminado mi alma. Cuando ha sufrido, la pesadumbre ha ensombrecido mi vida. Cuando ha necesitado amparo he acudido presuroso, tierno en las palabras si se necesita, resuelto al heroísmo si pareciere indispensable. Ahora vivo lejos de ella, y cuando pasa una semana sin recibir sus cartas conmovidas y bien escritas al tiempo, es como un huérfano que se acerca tembloroso a la tumba. Sé que cuando ella lea estas líneas se humedecerá su mirada ligeramente melancólica. Pensará que debe venir a acompañar con su voz apacible, con su frágil y poderosa presencia, con la caricia de sus delgadas manos sobre mis cabellos, a un hombre que le ha consagrado lo mejor de su profunda existencia sentimental, una fuente de afecto que mana de las entrañas de la raza y que riega, para que florezcan, las praderas de los días y los valles de la noche.

 

 

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