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Usted está en: Temas culturales / Manifestaciones linguisticas y literarias / Cuento y CuentistasEduardo Mendoza Varela / Historia de Ganimedes

 

 

HISTORIA DE GANIMEDES

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...continuación

 

Pero callemos sobre estas cosas. Avancemos, mejor, en la ruta que nos hemos propuesto. Dejemos, al paso, estos paréntesis, estas menudas incidencias que no son necesarias ni convienen en nada a nuestra historia. Ganimedes, decíamos, echó a andar, pues, muy alegre. Se quebraba a aquella hora la paz de la mañana. Palidecían las grandes estrellas y el sol se anunciaba en oro y luz. Pero aún faltaban muchas horas para que se escucharan los pitos de las fábricas y los obreros saltaran de sus lechos. Pensemos, por esto mismo, que Ganimedes es un niño todavía, pero es hermoso y fuerte, y no teme al lobo ni a los salteadores de caminos. Su paso es firme por la cuesta, no cede a los espinos ni a la arcilla movediza. Por eso Ganimedes es el orgullo de su padre, su delicia, su eterna alegría. Los criados también le aman; quién se disputa su sonrisa, atando su sandalia; quién su palabra, escanciando el vino cuando, sudoroso, torna de las majadas.

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Ahora bien; el que os narra esta historia, la oyó hace mucho tiempo. No obstante, hace apenas una hora volvió a releerla. Pero esto nada significa. Sólo el recuerdo un poco nebuloso y efímero de aquella primera lectura, sobrevive con angustia en su corazón. A medida que se alejaba de la niñez y que se adentraba de lleno en una madura juventud, su pensamiento retornaba a esta historia con mayor frecuencia y con pasión cada vez mayor. Sin embargo, la comprendía cada vez menos. Acabó por olvidar toda otra cosa. Su inteligencia tuvo sólo un deseo: ver a Ganimedes; sólo un pensar: seguir la ruta del águila hasta los círculos del dios. No anhelaba ya ver los hermosos países que el mundo nos ofrece, ni la recolección de las cosechas, ni los rebaños de propicias ubres, ni el pingüe caudal del hacendado, sino abandonarlo todo tras la ruta de Ganimedes. Seguir su itinerario. Vencerlo todo y todo sacrificarlo por esta dicha. Hubiera querido ser partícipe de este arrebatado juego y descubrir tras el ojo perspicaz del águila, la ambición, la recompensa del vuelo. Hubiera querido estar presente en el instante en que Ganimedes al levantar la mirada, vio el águila en el horizonte, que venía por el viento a la manera de una flecha emplumada; en el instante en que los cabrillos y las ovejas espantadas hacían un remolino y una polvareda en torno suyo. Estar presente en aquel instante. Porque el águila aparecía cada vez mayor, más próxima. Y el aire se agitaba, enloquecido, sobre los rebaños.

 

II

 

Era muy de mañana, y Ganimedes subía por la cuesta. Llevaba un zurrón con tortas de sémola y miel, un bolso con pistachos y dátiles, y un odre con vino. Su madre, aún en el lecho, le besó en la mejilla. En el establo, su padre aparejaba los caballos para los hipódromos. La claridad poco difusa, apenas perfilaba sus siluetas. Su padre le dijo adiós bajo la higuera y el muchacho echó a caminar monte arriba. Le dijo adiós con un beso en la frente, como acostumbraba a hacerlo. Nada más, en verdad, ni nada de particular había en ello. Ya se ve: los hombres se conducen frecuentemente de una manera que no está de acuerdo con la situación, si la miden con la vara de su conocimiento, mientras que desde el punto de vista de un destino que ellos ignoran todavía, su actitud no aparecería sino demasiado fundamentada. He aquí algo que puede servir para consolarnos cuando, disipadas las sombras, sabemos lo que aconteció. De esta suerte, los hombres no debieran jamás decirse adiós impunemente, para poder, dado el caso repetirse: "al menos le estreché una vez más contra mi corazón":

 

Si Ganimedes, cuesta arriba, hubiese mirado hacia atrás en un momento habría visto allá abajo, entre la arboleda, la casa y el humo incipiente del fogón, que teñía el aire. Pero no lo hizo. Ya lo hemos dicho: Ganimedes era un niño hermoso y fuerte, y sólo pensaba en los rebaños. Quizás en la noche el lobo habría robado dos o tres corderos. Quizás una cabrilla se habría roto las piernas en el desfiladero. Y Ganimedes se decía: "Cuidaré la oveja grande, y tendremos cría como ninguna". Pensaba acaso en el cordero para inmolar. Y apretaba el paso con inquietud, por la montaña arriba.

 

Sobre la piedra grande, Ganimedes desató el zurrón. El sol ya está alto. Toma los pastelillos de sémola y los remoja en el vino. Mirad el viento, que ni siquiera agita sus rizos. Pasa de largo y dijérase que no se atreve a hollar con su mano al adolescente. El, olvidado de todo, toma su refrigerio. El sudor abrillanta su naricilla que él seca con el dorso de su mano. Sin embargo, el viento refresca los ardores de un sol que se hace inclemente. El muchacho acaso pensaba en este viento extranjero, extraño a aquella hora, que casi se torna huracán. Dios mío!, si fuera un viento común, un viento meteorológico, previsto aquel día en los observatorios de la ciudad.

 

Pero no. Una sombra se cierne de pronto sobre el rebaño y siembra la discordia entre las manadas. "¡Ganimedes! ¡Alza la vista!" -le gritamos. Pero él no piensa ahora sino en la miel, en los pastelillos y en el vino, Y aún en el queso agriado que su madre añadió a hurtadillas en el zurrón. Sin embargo, vuelve los ojos a lo alto, y advierte los círculos que sobre su rebaño diseña el pájaro. "¡Dioses!" -exclama. Y se levanta de un salto. "¿Podrá el avechucho robarse otro cordero?" Pero su pensamiento no es ni siquiera tan veloz como el ave. Se siente arrebatado de pronto. Se siente, sin peso ya, aviador imprevisto y coadjutor del ala, ingrávido en el aire sobre sus ovejas. ¿Qué ha sucedido ahora? El odre ha rodado por el suelo, y el águila, en un dulce esfuerzo, le arranca como una raíz. Dócilmente le ha separado de la tierra.

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