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Usted está en: Temas culturales / Manifestaciones linguisticas y literarias / Cuento y CuentistasEduardo Mendoza Varela / Historia de Ganimedes

 

 

HISTORIA DE GANIMEDES

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PREAMBULO

 

He aquí, una vez más, el nombre radiante de Ganimedes, prematuro rio del vuelo, y niño entre los doctores.

 

Al escribir esta página por una urgencia espiritual, estuve seguramente tentado a una obligante referencia a lo angélico. Sabía, en efecto, que no se trataba aquí meramente de una verdad histórica, del invento, digámoslo así, de una sociedad definida, sino de un dato, del signo gustoso y eficaz de un descubrimiento del espíritu. Símbolo más preeminente de lo que se juzga al descubierto, porque es, al fin de cuentas, la encarnación de lo extraterreno en la inocencia de los hombres.

 

Pero se me ocurre que en Ganimedes este proceso se cumple de manera contraria. Ganimedes es, en verdad, la más bella irrupción de lo humano en aquellos mundos que el hombre, en alguna manera, ha ambicionado para sí. Cuántas veces, ay!, me repetí aquel postulado de las Pirámides, enigmático ya en tiempos de la esfinge: "Gritad, alegraos, él ha captado el horizonte..." Parecíame que este doncel, antes que todo, implicaba un símbolo del intelecto y un símbolo del alma: el deseo sin frontera de aquellos que, dejándolo todo y todo sacrificándolo, piden un día en préstamo las alas del águila. Tal vez por eso he amado singularmente esta historia. Y por eso la he escrito también "para mi secreta alegría". Al hacerlo, no pude olvidar los días en que un niño, desde el terrado de su colegio, miraba al paisaje y detenía sus ojos al filo de la cordillera, tras cuyo repecho el sol acababa de hundirse. Su imaginación giraba, volvía sobre todas las cosas, y no cesaba. Dijérase una angustia pueril que superaba, con mucho, las posibilidades del paisaje. En este breve relato no existe probablemente ese colofón inútil que es la moraleja. Pero, no obstante, todo el proceso de aquella ambición, los módulos de esa pequeña angustia, acaso se expliquen en alguna manera en esta parábola.

 

La historia que os voy a contar me la enseñó hace ya muchos años Luciano Samosata. El, que escribió. El, que escribió alguna vez una "Historia Verdadera", no pudo aventurar una mentira en lo que a ésta se refiere. Todo ello sucedió en un pueblecito o ciudad -que no estoy muy seguro de esto-, cerca del monte Ida. Pero hay quienes creen que no fue allá exactamente, sino en el alto y antiguo promontorio del Dardano, frente al mar Egeo.

 

Este mar, tranquilo de suyo, pródigo en velas blancas y de púrpura, supongamos que hace un recodo y baña por dos flancos el monte. Este monte cae, desciende en poliedros sembrados de higueras unas veces, y otras, en una aristocrática esterilidad. En el pie hay un árbol generoso como un gran quitasol, que pone umbrías sobre las terrazas de una casa. Es el hogar de Tros, señor de tierras y rebaños, largo y bondadoso, pero algo casquivano en amores. No lo ocultemos: que tiene (y todos lo saben) por amante a Calírroe, una moza de carne y hueso. De esta Calírroe, -al descuido de su mujer legítima-, tuvo un hijo, doncel ahora y hermoso, a quien todos llaman Ganimedes. Y ello ha dado pábulo al chismorreo y a las hablillas peligrosas.

 

Los lugareños de estas comarcas frigias, son nobles todos ellos, diestros en el arado, en el arco, fuertes como un novillo, con claros ojos arremansados por el mar. Van a las pláticas religiosas, frecuentan la política y los deportes, forman corrillos en plazas y calles, construyen bellos templos y, en las tardes, vuelven a sus hogares para leer el diario vespertino. De tal catadura y tal materia los dioses alfareros les pusieron sobre aquellas islas venturosas. Y ellos trabajan y ríen, crecen y se multiplican.

 

Pero aun sin estos antecedentes la historia que os voy a contar no cambia en un punto. Pensad que ahora son las vacaciones y que es tiempo limpio, de verano. Ganimedes ha guardado en el más profundo armario sus libros y su cartera de colegial. No irá al liceo, no escuchará en muchos días a los maestros. "Qué dulce libertad", piensa. Pero se levanta, no obstante, con el alba y no aborrece el reloj ni acalla su campanilla madrugadora. Al contrario: nunca olvida en la noche la cuerda, y el puntero acude todas las mañanas, minucioso, a la cita. Con ser noble y todo, Ganimedes es un muchacho sencillo y afable. Con sus pequeños amigos del barrio juega al tejo y juega a las tabas. Pero antes que todo eso se ocupa, acucioso, de los rebaños de su padre. Ahora es muy de mañana y Ganimedes se cubre con su breve capa y se echa sobre el pelo revuelto su gorra de frigio. Aún no ha cumplido catorce años. Pero, sabedlo: tiene una precoz y dulce voluntad. Va a cuidar los rebaños de Tros, y echa a andar monte arriba. Dóciles rebaños de ovejas los unos, los otros anárquicos y ariscos rebaños de cabras. Pero el muchacho tiene un caramillo de cañas que él mismo se ha hecho, y a su reclamo acuden todas en arrebatada y jubilosa asamblea.

 

Pero digamos que en el corazón de Ganimedes algo retoña, una visión evocadora del futuro, una dulce ficción premonitoria. Sin embargo, él mira a los hombres y toma conciencia de lo venidero. Porque el tiempo encarna la esperanza y, por bondad, el tiempo ha sido donado a los hombres para que puedan vivir en la esperanza. Ganimedes muchas veces en la noche, se revuelve inquieto en el lecho. Mira el claro de la ventana que se dibuja, entre la sombra, con la ambigua y cadenciosa luz de la luna nueva. Y hasta él llegan, en apretado enjambre, los olores del campo. Su madre, algunas veces escucha ese respiro, adivina esa inquietud. Pasa su por los adorables bucles y habla entonces al adolescente como a un niño de pocos años.

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