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REPASO DE LA HISTORIA[1]

NARIÑO, EL PRECURSOR, TAMBIÉN ERA MASÓN Y LIBRERO .

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Por Eduardo Ruiz Martínez 

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Estamos en la Santafé de finales del siglo XVIII, pacata capital del virreinato de Nueva Granada, un pueblo grande que no llega a veinte mil habitantes, situado en medio de los Andes y a varios meses de distancia de la metrópoli. Don Antonio Nariño y Álvarez han festejado ya 24 años de haber nacido en esta misma ciudad. Recién casado con Magdalena Ortega y Mesa, distinguida e inteligente criolla santafereña, tres años mayor que él, comienza a acumular honores y riquezas y a destacarse como uno de los más conspicuos personajes del Nuevo Reino, lo que, desde luego, le trae no pocas antipatías. Sin haber pasado por la universidad, pero con una notable cultura autodidacta -admirable para el medio- desempeña los cargos de alcalde de la ciudad, tesorero de diezmos y médico de pobres (hay documentos que prueban que recetaba gratis). Es cuando funda su famosa logia -disfrazada de Círculo Literario- que denomina, como para que no quede duda, El Arcano Sublime de la Filantropía. La francmasonería -vínculo de moda entre los intelectuales europeos- es una receta inglesa, con ingredientes franceses, para exportar la revolución. Los venerables maestros recorren el mundo ayudados y protegidos por sus "hermanos". Irreversibles causas históricas, sociológicas y económicas están señalando que la independencia de las colonias americanas es una realidad a corto plazo. Los objetivos secretos de esta sociedad son, pues, los de trabajar en forma decidida por la emancipación de la colonia. En la Plazuela de San Francisco, Nariño ha comprado casa, ubicada en el lugar donde hoy funciona el Jockey Club de Bogotá; en ella lleva a cabo las reuniones de su "Círculo", en una habitación decorada al efecto, que denomina "El Santuario". 

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Es Nariño, sin duda, a más de autodidacta, apasionado de los libros, bibliófilo y bibliómano. Sus negocios de exportación de quinas, cacao y azúcares, aunados a su condición de heraldo de las ideas nuevas, lo han iniciado en el mercado de la letra impresa. Es seguro que al comienzo los haya adquirido para acrecentar su importante biblioteca, heredada del padre y del abuelo, en donde solaza sus horas de criollo distinguido y culto, leyendo a Arias Montano, a Buffon, a Caracciolo, a Cervantes, a Cicerón, a Condillac, a Flórez de Satién, a Alonso de Herrera, a lriarte, a Mirabeau, a Montesquieu, a Muratori, a Nebrija, a Quintiliano, a Raynal, a los Ulloa y a Voltaire, en una enumeración superficial y alfabética de algunos de los autores de su librería. Tal vez por eso en la Santafé del XVIII se le califica de sabio. Puede pensarse que desde su primer viaje a Cartagena en 1784 hubiese adquirido allí algunos ejemplares para revender los a su regreso y, tocado del éxito, decide ampliar su gestión, organizando contactos para la importación en serio. Así como ya se dijo amigos y religiosos le ruegan que en próximos pedidos incluya los títulos que les interesan. Otros que desean vender algún tomo, se lo confían para que lo negocie. Poco a poco llega, aun desempeñando importantes cargos, a ser "el" librero de la capital, estupendo divulgador de cultura, como más tarde lo serán los ex presidentes Miguel Antonio Caro, Salvador Camacho Roldán o Belisario Betancur. 

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Buscando iniciar un negocio editorial en el virreinato, adquiere una imprenta, la célebre "Patriótica", que de paso va a utilizar para la divulgación de los principios revolucionarios. De esta prensa es probable que hayan salido, además de la traducción de los Derechos del Hombre y varias hojitas y novenas, obras tan importantes como La fuerza de la fantasía humana, de Muratori (1793), libro de 290 páginas en 4o. traducido por el sacerdote Francisco Martínez D'Acosta la Guía de forasteros del Nuevo Reino de Granada (1793, en 120. y 171 págs.) y el Estado general de todo el Virreinato de Santafé de Bogotá (1794, en 8o. y 472 págs.), escritos por el capitán Joaquin Durán y Díaz, y con certeza las ediciones del Papel Periódico de Santafé de Bogotá desde el número 86 del 19 de abril de 1793 al 157, aparecido el 29 de agosto de 1794, día fatídico de su primer encarcelamiento. Tanto en la Imprenta Patriótica como en su casa de la Plazuela de San Francisco, se venden estos libros, junto con otros títulos, pues el periódico que ya se reparte entre los suscriptores a domicilio anuncia esos lugares de venta, en avisos que así lo notifican. 

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Según algunos historiadores, el Precursor poseía más de seis mil libros. Aunque leyó muchísimo, es imposible probar que tuviese tamaña biblioteca, desusada para la época. Cuando se le secuestran sus bienes con ocasión de la impresión de los Derechos del Hombre, se le embargan 672 títulos que se hallan en su "librería", como él la llamaba, más otros 28 que, diez días después, se descubren ocultos en la celda del capuchino fray Andrés de Xixona. ¿Existieron otros libros escondidos, de los cuales no se percató el oidor Mosquera y Figueroa? Ello se ignora, así como la fecha en la cual se sacaron a remate público los 700 embargados. Pero existe la parte pertinente del proceso judicial, en donde aparece el listado de todos y cada uno de ellos. Es en este momento cuando el médico panameño Sebastián López Ruiz se decía descubridor de la quina en el virreinato, mortificando con ello al sabio Mutis, que lo tildaba de charlatán , socio de Nariño en algún negocio de exportación de ese "polvo de la condesa", inicia una actuación judicial en la cual Camilo Torres. como su abogado, redacta memoriales para que se le devuelvan los libros que su mujer Begoña Aldana había entregado en depósito al librero Nariño, para que los vendiese en su casa "por la frecuencia de gentes principalmente eclesiásticos que entraban en ella", como que de ellos 'tenía mayor proporción", pues había allí "otros libros para vender". Este depósito era de 192 volúmenes de 62 autores, lo cual muestra ya la magnitud de la actividad. Los pocos infortunados volúmenes de López que Nariño aún no ha vendido, se rematan con los demás. No se ha hallado la parte del expediente relativo a este incidente, y por ello se desconoce la suerte final de los libros embargados. 

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Es muy raro que Nariño marque los libros con su firma, como desde antiguo se acostumbra. También carecía de ex libris. Parece ser que lo hacía con el fin expreso de no deteriorarlos o restarles valor comercial para, una vez leídos, poder venderlos con mayor facilidad. Sólo he podido detectar un caso en que aparece su firma autógrafa: se trata de los Elementos de química, obra en latín del holandés Boerhaave, impresa en París por Cavalier en 1752, en una bellísima edición en dos tomos que posee la Biblioteca Nacional de Colombia, firmados de puño y letra del Precursor.



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[1]  Revista Credencial Historia, Tomo II, enero-diciembre, 1991. Nos. 13-24, Bogotá, D. C. obtenida en la Biblioteca Virtual del Banco de la República, www.lablaa.org/blaavirtual/credencial/julio1991
 

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