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Defensa de la changua 1

 

Por Daniel Samper Pizano

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Hace poco descubrí, para mi sorpresa y mi intenso dolor, que dos de mis más queridos amigos, una antioqueña y un valluno, odiaban la changua. Son gente estupenda, profesionales honrados que viven en Bogotá desde hace muchos años y no cambian a la capital por ninguna ciudad del mundo, incluidas París, Roma, Madrid, Bolombolo y Buga. Pero detestan la changua. La consideran una bebida asqueante, un vomitivo que encarna (o, mejor, encalda y enhueva, porque no contiene carne sino agua caliente y huevo) lo peor del altiplano cundinoboyacense.


Yo también pienso que la changua es un símbolo gastronómico del antiguo reino de los chibchas. Pero un espléndido símbolo, un plato delicioso y nutritivo en cuyo fondo ondea la tricolor bandera atravesada por el águila negra de Bogotá y un par de quimbas boyacenses. Todo en la changua son ventajas. Es barata: cuesta lo que cuesta un huevo de gallina, una taza de agua, una taza de leche y un pastorejo de cilantro y cebolla. Es nutritiva: marca 220 calorías (apta para una dieta), pocas grasas saturadas, alguito pero no mucho colesterol, abundantes proteínas y vitaminas y cero grasas trans, que parece que son fatales. Y, si hablamos de otras características, es tan sencilla que la puede preparar hasta un columnista de Carrusel y tan rápida que se compran los ingredientes, se prepara y se sirve en menos de media hora.


Para completar, es patriótica, como le gusta al presidente Uribe, y tan tradicional que tiene hasta una copla picaresca que la recuerda:


Mi señora, no se vaya:

por la mañana se va.

Me levanto, le hago un caldo,

le echo un huevo... y ahí se va.


La changua es sopa humilde, popular, de gente amable y pobre. Usted nunca la verá en los menús de un restaurante en la Zona Rosa, ni la ofrecerán como refresco en las discotecas. Nació en los ranchos del altiplano, y durante siglos formó parte del desayuno de todo cachaco serio. Desplazada ahora por el corn-flakes y las bebidas energéticas, la changua anda de capa caída. A su tragedia se suma el desdén de provincianos como mis dos amigos, que defienden la carne en polvo (también yo) y el aborrajado (y yo también) pero desprecian la changua.


Yo sospecho que a su mala racha ha contribuido el hecho infame de que, como adjetivo con diminutivo, la changua significa una persona muy perversa o dañina, de pésima conducta y pasado poco recomendable. Una changüita es un personaje malo y siniestro. Todo lo contrario del caldo que originalmente representa.


También sospecho que, como toda palabra que empieza por "ch", su nombre produce natural alergia. Suena a chicha, a chichaguy, a chochera, a chancro, a chepito, a chucha... Si la changua se llamara "milk & water egg delicacy" o "potage muïsque avec des oeufs", figuraría en la minuta de desayuno del Waldorf Astoria y el George V.


Por eso se me ha ocurrido una fórmula de relanzamiento de la changua (o de "refundación", para usar una expresión en boga), consistente en ofrecer la receta en inglés. Nuestras elites, embobadas en la cursilería de los términos extranjeros, no vacilarán en adoptar la changua una vez que esta haya pasado por el diccionario Appleton. Gracias a internet, donde aparecen 9.470 menciones suyas, he pillado la receta en inglés de este caldo centenario. Llámenlo "fast breakfast light soup", copien la siguiente guía y verán que hasta los banqueros de inversión bogotanos empezarán a desayunar con changua, como sus bisabuelos:


Ingredientes para cuatro raciones: 2 cups of water; 2 cups of milk; 4 eggs; 4 fresh coriander leaves; 2 scallions; salt & pepper.


Se pican finamente el coriander y los scallions; en una olla grande, mientras tanto, se pone a hervir la water con milk y se agregan los 4 eggs, cuidando de que no se rompan las yemas. Un minuto después de que hierva la mezcla se sacan los eggs y se pone uno en cada plato. Luego se agregan el caldo caliente y los trocitos de coriander y scallions, y salt & pepper al gusto.


Y ora sí, sumercé, bon appetit...



1.    Publicada en su columna Postre de Notas, de la Revista Carrusel de El Tiempo, 9 de Febrero de 2007.
 

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