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Usted está en: Parnaso boyacense / Selección de poemas de Julio Flórez

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...       ..SELECCIÓN DE POEMAS DE JULIO FLÓREZ

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GLORIA TROPICAL

 

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El sol va a fenecer; su último lampo,

ya desteñido, en la extensión se pierde

de la infinita soledad del campo,

sobre el tapiz de la llanura verde.

 

Y, al ocultar su poderoso disco,

tras de la cumbre del lejano monte,

en pira toma el enhielado risco

que horada la quietud del horizonte.

 

Y cae, al fin, tras cenicienta nube

que el postrer rayo de la luz ataja.

Ese sol, tan alegre cuando sube

¿ Por qué será tan triste cuando baja? ..

 

Allá lejos, desfila,

por sobre los esteros dilatados,

una tropa de garzas, lentamente,

que semeja, en la atmósfera tranquila,

luengo festón de lirios inviolados

que van del sol a coronar la frente.

 

En el mar, ni una barca se divisa

a través de los velos de la bruma,

ni una ola rizada por la brisa,

ni un penacho de espuma.

 

El aura, temblorosa,

cargada de perfumes de azahares,

deslíe, entre la tarde silenciosa,

los susurros de amor de los palmares.

 

¡El cielo está incendiado! ¡Arde el ocaso

como un enorme purgatorio; y arde,

en el confín del horizonte el raso

de la túnica roja de la tarde!

 

¡El sol dio en el azul su postrer paso!...

¡Ya cerró, tras de sí, la colgadura

de la sombra... en su féretro de oro yace,

bajo su regia sepultura!

 

Llora el cielo y la lluvia de su lloro

es de estrellas; la noche avanza, obscura,

sobre el rojo cadáver, y parece

que todo va a morir; pero, a medida

que la tiniebla en lo insondable crece

y el silencio se ahonda, la gran vida,

la inmensa vida, en lo alto resplandece.

 

Llena la sombra el firmamento. El día

recogió el alma pudibunda y bella;

y, entre las flores de la noche fría,

como un loco de luz. Venus descuella.

 

Del gran collar de perlas de la Vía

Láctea, la Cruz Austral, inmóvil,

pende con sus cuatro miríficos diamantes,

y, desde el seno de la noche, envía

su albo fulgor, mientras la luna asciende

con sus agonizantes

resplandores y su melancolía,

sin asomar aún, aunque ya esplende

su luz tras de la negra serranía.

 

Blanco jirón de nube,

hacia la comba del espacio inmenso,

como un extraño y lívido querube,

como un espira de compacto incienso,

desde una cresta de Los Andes, ¡sube!

 

Y al fin demora en la mitad del cielo,

dejando a trechos, opalinos rastros;

¡y, a través del, como a través de un velo

de novia, vense pestañear los astros.

Y en las altas regiones

temblorosas y puras,

aparecen las mágicas figuras

de las constelaciones.

 

¡Mientras que, los planetas

tras el carro del sol, ígneo y radiante,

van, como apocalípticas saetas

hechas de fuego, en vértigo incesante.!

 

En una nebulosa

que, por su forma y su blancura, afecta

los contornos del seno de una diosa,

rojo, al pasar, de pronto se proyecta

Marte, como una herida luminosa.

 

Y entre el crespón de una estrella,

quizás enamorado de una estrella,

de la cual sigue la infinita huella,

el gigante Satumo

arrastra, como un místico tesoro,

sus enormes anillos. ¡Para ella

prendas serán del luminar de oro!

 

La luna, como una

resplandeciente cuna,

menguada asomó ya; cual un navío

hendido va en el vacío

del mar silente de la noche bruna.

 

Entra en un nubarrón y se recata,

como una novia tímida en su coche,

y alumbra, con su lámpara en su coche,

el calabozo inmenso de la noche.

 

¡ Va del difunto Sol tras de las huellas,

y, en el instante en que su disco asoma

futra del nubarrón, finge la coma

de alguna frasecita escrita con estrellas!

 

¿No será la herradura,

hecha de plata y oro, que en sus vuelos

dejó caer, en la estrellada altura,

el crinoso corcel de la negrura,

al recorrer el circo de los cielos?

 

Va al cementerio de los astros; ¡Honda

profundidad, en donde el Sol ya extinto,

dejó un retazo de su cauda blonda

en el turbión de su hemorragia tinto!

 

Al verla el mar, en la extensión desnuda

lanza un suspiro doloroso y tierno;

y, entre las sombras de la noche muda,

comienza el canto del "Idillio eterno".

 

El diálogo en que el mar la invita a solas,

bajo el flotante toldo de las brumas,

a que reciba el beso de sus olas

sobre su blanca sábana de espumas.

 

Mientras que, en la oquedad honda y siniestra

del alto nubarrón y sobre un risco,

semejante a un titán que alza la diestra,

como enferma de amor, la Luna muestra,

de cuando en cuando, el ojeroso disco.

 

¡Entre el abismo que la sombra cierra,

se oye luego un rumor trémulo y blando:

es la Noche, que está, sobre la tierra,

puesta de hinojos y ante Dios, orando!

 

¡Oh Dios! Al contemplar tus maravillas,

Al conocer tu mágico portento,

Yo también me posterno de rodillas

Ante tu único altar: ¡El firmamento!

 

 

 

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