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Usted está en: Parnaso boyacense / Selección de poemas de Jorge Rojas

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SELECCIÓN DE POEMAS DE JORGE ROJAS

 

 

 

EL CUERPO DE LA PATRIA

A Pablo Neruda

 

Esta es Colombia, Pablo, con su espuma y su piedra

curvada dulcemente sobre el hombro de América.

Aún lentas carabelas en el océano Atlántico

de blancura y de norte hacen su itinerario,

y si Colón volviese de su último viaje,

bahías de su tierra diera para sus naves,

Las aguas que copiaron el rostro de Balboa

aún son mansas, y tiembla el cielo entre sus olas.

Son el futuro rumbo. El presagio y el alga

entre su limo crecen buscando la mañana.

 

Oye su caracol. Pon tu espada en la tierra,

que hombre y mara son iguales tendidos en la arena.

Suelta tu ronca voz por riscos de sus Andes,

que Colombia te escucha creciendo entre sus árboles.

Y mira al Tequendama de cantera y de pluma

desplomar fragoroso sus líquidas columnas!

 

El suelo con su gusto de pan en sus arcillas

coronando está de oro la sien de las espigas

y un vaho maternal como húmedo fuego

conduce la semilla del arado a los bieldos.

Mira las mariposas de Muzo bajo el día

palpitar como gotas de una esmeralda líquida

y la orquídea de aroma y de entreabierto sexo

mecerse entre los árboles como un ave del cielo.

 

Mira la soledad vigilar las cosechas

mientras circula un hálito de escondida potencia

bajo la tierra y toman las mieles del manzano

la forma de la mano que las lleva a los labios

y la piel del tabaco que ignora ha de ser humo

henchiráse oscura vena de anegado surco,

Pierde en el cafetal, como en una honda noche

los ojos y el aliento, y pregunta los nombres

de tanta estrella absorta abierta sobre el verde

cielo de los arbustos; y respira ese leve

surtidor de desvelo que trepa sus raíces

y sabrás como es de ancha, perdida en los confines

del dolor, esa débil estructura del párpado

cuando batallan juntos el desvelo y el llanto.

Prueba el redondo fruto del níspero, de antiguo

oro sobre la piel, y blanca flor de lino,

y sabrás de su pulpa de agridulce valía

como el beso que damos en una despedida.

Disputa el labio henchido de la ciruela claudia

al pico de los pájaros. Exprime la naranja

hija del azahar, sobre tu sed, y canta.

Respira vivamente el olor del membrillo

que presta su carne áspera para el dulce cultivo

de la pera, y vigila este apretado pueblo

de la vid escalando los muros de mi huerto!

 

Oye subir la lluvia de la tierra hacia el cielo

y quedarse temblando con su germen perfecto

en la piel del estambre, mientras suma la abeja

su clima de dulzura al rumor de la siesta.

También tiene mi patria agapantos azules

desterrados del cielo, y bulbos donde puede

levantará su ordenada blancura la azucena.

Cada campo su flor muestra contra la frecuencia

con que un hombre feliz entreabre su sonrisa,

y siempre mayo cuida de la rosa y la espina.

 

Pisa su geografía de verde yerba húmeda

y subterrestre flora de arborecida hulla

donde la pica anuncia profundos brazos de hombre

sepultados, rompiendo la estatua de la noche.

Sus hondas catedrales de sal bajo la tierra

y el vitral repentino del día entre las grietas.

 

La mineral Antioquia con su arista de oro

alumbrando al minero, y ríos silenciosos

con su dorado lecho tendido bajo el cielo,

sin que el ojo distinga la piedra del lucero,

Y la verde esmeralda como brizna de pasto

que entre la tierra planta sus jardines sin tallo.

Mira al hombre buscando el centro de la tierra

con sudor y esperanza, y el petróleo su fuerza

vertical levantando como un súbito brazo,

que quisiera alcanzar el cielo que ha dejado

de ver bajo su techo de hermética pizarra.

Una escondida fuerza transita las entrañas

de esta bestia en reposo que cuanto nos devora

en la estación propicia más bello nos lo torna.

 

Te hablo de estas cosas que existen en el suelo

como el trigo o la novia; no quiero el mundo incierto

de lo abstracto ofrecerte, porque eres caminante

y mejor que un concepto un vaso de agua sabe.

 

Haz vaso de tus manos para beber la linfa

donde se copia el pecho cándido de las niñas.

Los nombres de los ríos parece que llevasen

en vez de agua sus nombres rodando por su cauce,

como el Upía azul que viene de la altura

donde envidia del cielo se tiende a la laguna

de Tota, con sus islas y sus sirenas de agua

tranzadas al costado virginal de las barcas.

 

Y el río Magdalena eterno como un hombre

que ve pasar sus hijos, su cristal busca el norte

igual que la mirada el azor y la brújula,

espejo de la patria, metro de su estatura.

Contempla el ancho Cauca quieto como una orilla

Pasará su clara lengua de rumor con delicia

entre tiernas raíces y el camino del agua

curvarse como hoz que quisiera cortarlas.

Y el soberbio Amazonas rodeado de invisibles

ciudades que aún no tienen pupila que las mire,

ni sillar ni columna que soporte su piedra,

pero hay algo en el aire de escondida colmena

de remoto taller, de escenario profundo,

que hace de la lluvia plomada de sus muros.

Todo es violento y dulce, aquí; yo que fui llama

te nombro simplemente las cosas de la patria.

 

Guarda bien estos nombres: Popayán donde quedan

los muertos gobernando la ciudad, donde es bella

la carne como un mármol que ha de ser duradero

y la tierra se hincha ufana de sus huesos.

Cartagena de Indias, siglos, mar y muralla

la historia la sitúa y la piedra la guarda.

Boyacá que forjaba lanzas para la guerra

hila de sus apriscos el vellón en la rueca,

y Tunja sobre "Campos de Soria" apacentando

su rebaño de dunas entona su pasado

en zampoña de frío. Y el Chicamocha cuenta,

con su idioma de agua, cómo se fue la arena

de los acantilados poniendo roja y cómo

indómita corría la sangre como un potro.

 

Y mi ciudad lejana de brumas, Santa Rosa

de Viterbo, donde alza el silencio su hostia

y está la soledad apretada en su ámbito

como una multitud delante de un ahorcado.

Y la Villa de Leiva, por cuyas calles nunca

transita el tiempo vano: eternidad sin cúpulas

que impidan al olivo ver el cielo y el agua.

Y esta otra que tiene su cimiento en el alma,

es Bogotá, que ignora la medusa y la esponja

y tiene ala de puerto, e inmensidad que azota

el momentáneo sitio donde se posa el águila

y en azúcar resuelve su escudo la granada.

Recostada en su lecho de cuaternaria estirpe,

pequeños ríos la rondan y el monte que la inscribe

en una cierta planicie deja caer sus losas

de castigada piedra no en peso, sino en sombra.

 

­ Tal es la patria, Pablo! Durezas y blanduras

saben de su materia. Está su entraña húmeda

de tan profunda sangre que llegar a sus valles

es atender al pulso deshecho de los padres.

 

Te hablo de esas cosas perdidas e inconclusas

como un árbol que esconde su dulcísima fruta

en su savia, aún sin forma, que doblegue la rama,

porque falta nombrarte las gracias de la amada:

sus ojos me recuerdan mi niñez, cuando el aire

bajaba sus pestañas de sombra hacia la tarde

y su garganta sube como leche que el pecho

calentara en sus vasos de redondeado fuego.

El tremendo ejercicio del amor deja sitios

oscuros como bosques, claros como los ríos

sedientos, como arena sin presagio de lluvia,

anchos como sabanas, leves como las dunas,

altos como los montes, profundos como abismo.

 

El amor va creciendo con la tierra y sus signos,

tiene norte y limita con rocas y con playas,

y mi amada que habita su parcela de l grimas

se suma sometida al concierto terrestre

por su calor, su paso, y ese germen de muerte

que transita la muerta materia de las cosas.

Ella integra la patria: vecina de la rosa,

la lluvia, el árbol solo, el berilo y la espuma.

 

 

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